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Opinión

  • | 2019/03/20 00:01

    Las tareas básicas de un gran directivo

    Dirigir no está solo en combatir contra circunstancias externos e incontrolables, sino contra ciertas condiciones personales, donde uno puede llegar a ser su peor enemigo.

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¿Qué diferencia a los malos directivos de los buenos? Esta cuestión agobia a quien debe ocupar un cargo de dirección, a la vez que amarga a quienes toman la decisión de ascender a esta posición al directivo equivocado y a los que deben padecer los resultados de su mala gestión, sean empleados, proveedores o clientes.

He repensado estas cuestiones como consecuencia de retomar ciertas lecturas alrededor de Carlos Llano Cifuentes, el filósofo y empresario mexicano que fundó Ipade Business School, para volver a descubrir esas pequeñas joyas que existen en quienes han sabido pensar la labor del management desde una perspectiva más profunda que la sola lectura en redes sociales y prensa de negocios.

Llano decía que dirigir a otros supone mucho más que solo estar en la parte de arriba de un organigrama (a donde ciertamente se puede llegar por un mero accidente, un golpe de fortuna o las conexiones adecuadas).

Hay gente en los niveles superiores que son incapaces de marcar una dirección apropiada para la organización e inspirar a nadie. Asimismo, hay gente en cargos medios (según la estructura de la organización) que tienen la capacidad de un director general, miran su función desde múltiples aristas y lideran a su gente de manera envidiable, aunque el organigrama no lo ponga en los cargos de mayor visibilidad. Por eso, Llano afirmaba que a un directivo se le reconoce más fácilmente por su función y sus acciones que por su cargo, es decir, por su capacidad de resolver problemas reales (más que por crearlos).

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En todos los niveles de la empresa se toman decisiones, así como en los más bajos de supervisión se manda, aunque solo sea sobre una persona. Cada uno, por supuesto, lo hace desde las limitaciones y responsabilidades de su respectivo encargo. Pero, recuerda Llano, aun si uno no supervisara a nadie, le correspondería “mandar sobre sí mismo, que es el más difícil de todos los mandos”.

Un gran directivo no se deja sesgar únicamente por su experiencia y su área de mayor dominio

Por ser esta en la que se ha movido con frecuencia o donde ha construido su currículo. Esto porque a la alta dirección le corresponde principalmente la interrelación o síntesis de los múltiples procesos de toma de decisiones que se dan en la empresa. Incluso, si tiene una visión propia de su área de especialidad, que a cada uno le ha correspondido por su experiencia profesional, la clave es saber integrar todas las visiones y diversos aspectos de la organización para darles una unidad coherente y orientándolos hacia un objetivo común, más aun cuando algunas de estas visiones parciales (propias de las áreas funcionales) puedan chocar entre sí (como puede suceder cuando los criterios financieros chocan con los comerciales, o los de la eficiencia operativa chocan contra los de trato humano).

Un gran directivo destaca sobre quienes pretenden aplicar la misma fórmula a realidades y contextos distintos. Por eso es fundamental el desarrollo de un criterio práctico, capaz de resolver problemas de naturalezas diversas, de observar con detalle las distintas aristas detrás de los problemas complejos y de enfrentar las contingencias y realidades inciertas que cambian frecuentemente, que no pueden ser resueltas desde una fórmula o una receta única.

Un gran directivo entiende que ninguna decisión queda realizada en tanto no cuente con la ayuda de aquellos que deben implementarla.

Y para ello no le basta mandar y emitir decretos de obligatorio cumplimiento, que quienes deben seguirlos no saben, no pueden o no quieren hacer cumplir.

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Decía Llano que de la misma forma que el más sofisticado automóvil, con el mejor mantenimiento y en óptimas condiciones, puede estar al mando de un pésimo conductor, asimismo le sucede a muchas empresas. “Para tener una empresa ordenada, bien llevada, deben manejarse una serie de técnicas (contabilidad, procesos de producción, modelos salariales y de incentivos, estudios de mercado, etc.). Si los aplicáramos bien, podríamos decir que la empresa se encuentra bien ordenada, esto es, se encuentra en condiciones que la hacen susceptible de manejarse. Pero no podemos asegurar que es una buena empresa. Con todas esas técnicas puede hallarse en condiciones críticas, y sin muchas de ellas podemos avanzar más que quienes las aplican. Si a todo ese conjunto de técnicas las llamamos administración, podemos decir la empresa puede estar bien administrada, pero puede también estar mal dirigida”.

Ahora bien, para Llano, una dirección de empresas verdaderamente eficaz es la que, al cabo del tiempo, se convierta en innecesaria, por cuanto ha desarrollado tanto a la gente con la que trabaja y ha forjado tanto su carácter, que sus vínculos no estarán determinados por la dependencia hacia el superior y su dominio del cargo. Ese carácter se transmite por contagio, es decir, por el buen ejemplo que cada uno recibe (o debería recibir) de su jefe.

¿Cuáles son las tres actividades, por excelencia, esenciales para el acto de dirigir? Son el diagnóstico, la decisión y el mando. Estos corresponden a los tres objetos a los que se orientan: la situación en la que se encuentra, la meta u objetivo que pretende alcanzar y el equipo con quien cuenta para lograrlo. Cada una de estas actividades propias de la dirección suponen unas virtudes para poderlas realizar a plenitud.

Para ser capaz de realizar un diagnóstico claro de su actual situación, el directivo debe contar con dos virtudes fundamentales: 1) ser objetivo frente a las oportunidades y amenazas que enfrenta; 2) ser humilde frente a sus propias capacidades y las de su organización para hacerles frente.

Para tomar decisiones correctas de cara a los objetivos y metas que debe alcanzar, un directivo necesita: 1) magnanimidad, entendida como afán de logro; y 2) audacia, es decir, capacidad para asumir riesgos de forma prudente de acuerdo con el diagnóstico previo.

Mandar o ejecutar lo decidido supone ser capaz de impulsar o motivar a sus colaboradores (y a sí mismo) para alcanzar la meta, lo cual requiere de virtudes como: 1) la fortaleza, que se entiende como la capacidad acometer tareas difíciles y enfrentar los obstáculos; 2) la constancia, para perseverar en lo decidido cuando el cansancio aumenta y el ánimo decae naturalmente con el pasar del tiempo; y 3) la confianza en los demás, sin los cuales no llegará muy lejos.

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Al final, dirigir no se trata de un permanente combate contra las circunstancias externas, aun si confluyen en realidades presentes, pero fuera del control de cada uno. La gran lucha está contra las propias condiciones personales, incluyendo la falta de autodominio y la ausencia de proyectos, donde uno puede llegar a ser su peor enemigo y, de paso, de aquellos a quienes pretende dirigir.

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