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Opinión

  • | 2019/05/03 00:01

    El día después de Maduro

    Arrancó la Operación Libertad.

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Este martes, Leopoldo López fue liberado por militares en el marco de la recién inaugurada Operación Libertad. Parece ser que podría encontrarse refugiado en la Embajada de España en Caracas. La acción encabezada por Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional y presidente encargado de Venezuela, no es un golpe de Estado. Es todo lo contrario: un intento, apoyado por las fuerzas democráticas venezolanas y por militares activos, de restablecimiento del orden constitucional.

Paralelamente, se conocía que Erik Prince, fundador de la empresa de seguridad privada Blackwater y declarado partidario de Trump, ha estado impulsando un plan para desplegar un ejército privado para ayudar a derrocar a Maduro según han contado a Reuters cuatro fuentes. Prince ha buscado inversión y apoyo político y empresarial para crear un batallón de 5000 soldados.

Lo que parece claro es que ningún país puede aguantar una dictadura cuando su grado de ineptitud genera una de las mayores crisis económicas en la historia y cuando origina la mayor diáspora de todos los tiempos. Es decir, más pronto que tarde, el tirano va a caer. Como decía el revolucionario Emiliano Zapata: “Prefiero morir de pie a vivir siempre de rodillas”.

Según Felipe González, expresidente del Gobierno español, “No hace falta un golpe de Estado, basta con que se retiren las ‘bayonetas’ que sustentan a Maduro”. González considera que, cuando haya un Gobierno de transición, hacen falta unos nueve meses para celebrar elecciones, ya que hay que reordenar el país: no hay censo, no hay Consejo Nacional Electoral, hay que cambiar el Tribunal Supremo de Justicia y la Corte Constitucional, etc. Con independencia de si el cambio se produce en un mes o en un año, lo importante es prepararse para el día después. El aparato productivo de Venezuela ha sido golpeado. Sus servicios de salud se han derrumbado y la inflación es rampante. En los últimos cinco años de Gobierno de Maduro, el PIB se ha reducido a la mitad.

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Ricardo Hausmann ha identificado dos restricciones que deben aflojarse antes de que cualquier otra reforma pueda ayudar. La primera incluye los controles de precios y la amenaza de expropiación, que son un ataque a la mano invisible del mercado. El Gobierno ha incautado activos en muchas industrias, desde el procesamiento del café hasta la banca. Esto ha destruido los incentivos para que los empresarios inviertan y aumenten la producción en respuesta a la escasez.

La segunda restricción es la falta de dólares. Los ingresos de exportaciones de PDVSA, el monopolio estatal del petróleo, se han reducido. Y los enchufados del Gobierno se llevan gran parte de la moneda fuerte que queda. Eso priva a los empresarios de medios para comprar insumos importados vitales.

Muchos otros problemas de Venezuela, incluida la hiperinflación, son consecuencia de estos problemas más profundos. Los opositores de Maduro planean revivir el mercado restaurando los derechos de propiedad y relajando los controles de precios y cambios. Esto iría acompañado de formas directas de ayuda para los más humildes.

¿Qué pasa con la falta de divisas? Venezuela no puede resolverla sola. Necesitará inyección de dólares del exterior y la seguridad de que sus futuros ingresos de exportación y activos en el extranjero no serán embargados. El valor nominal de las deudas estatales superó los 135.000 millones de dólares el año pasado según Torino Capital. La cola incluye a China (más de 13.000 millones) y Rusia (3000 millones), que tienen prepago de petróleo con préstamos pasados.

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Una estrategia tentadora para cualquier acreedor individual es dejar que otros prestamistas se quemen, esperar a que Venezuela se recupere y luego insistir en el reembolso total. Pero si todos siguen esa ruta, Venezuela nunca se recuperará y, sin la reestructuración de la deuda, el FMI podría no estar dispuesto a prestar.

Una combinación de restricción monetaria y recuperación de la producción debería contener la inflación. Pero la velocidad a la cual los precios se estabilizan depende de las expectativas del público. Para tener éxito rápidamente, el Estado debe primero convencer de que lo hará. Para generar credibilidad, los patrocinadores del plan querrán un banco central independiente.

Cuanto más estricto sea el régimen, más rápido se puede curar la hiperinflación. Una caja de conversión (que permitiría al banco central crear bolívares solo cuando haya añadido la cantidad equivalente de dólares a sus reservas) ofrece la mejor oportunidad de estabilidad inmediata, pero puede resultar demasiado rígida a largo plazo.

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