Opinión

  • | 2018/08/23 00:01

    Sostenibilidad: ¿Por qué es tan difícil promover el consumo responsable en Colombia?

    No queda de otra que aceptar que este cuento de la sostenibilidad es una hermosa retórica que todavía tiene mucho camino por recorrer.

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Cuando frecuento a mis colegas que trabajan en temas de sostenibilidad y desarrollo empresarial sostenible, se genera la impresión de que los avances en el sector van por buen camino. Esta percepción se acentúa cuando se escucha en los foros y eventos de sostenibilidad empresarial tantas buenas prácticas, tantos buenos proyectos y tantas buenas intenciones para promover un mejor mundo desde el mercado. Y además, se fortalece esta percepción cuando salen las noticias de gobierno exponiendo nuevas políticas públicas para promover el consumo y la producción sostenible.

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No obstante, cuando se sale del evento de sostenibilidad o del salón de clase, o se le da un respiro al computador al leer algún estudio y después de eso se asoma la cabeza en el verdadero día a día (ahí en la calle, en el restaurante, en el centro comercial, en otras palabras: ahí en donde todo sucede), pues no queda de otra que aceptar que este cuento de la sostenibilidad es una hermosa retórica que todavía tiene mucho camino por recorrer.

Algunas cifras que evidencian la situación en Colombia: 

  • En el año 2016 el DNP expuso que 321 municipios de Colombia tienen sus rellenos sanitarios casi al 95% de su capacidad.
  • La misma entidad reveló que en Colombia se producen entre 28-30 millones de toneladas de alimentos anualmente y se pierden o desperdician casi 10 millones en el mismo periodo.
  • Hay diferentes fuentes, pero en resumen, en Colombia se recicla entre el 8% y el 15% de lo que desechamos. El resto para en los rellenos sanitarios, ríos, es quemado o enterrado.
  • A San Andrés, por ejemplo, llegan anualmente casi 1,1 millones de turistas cuando su población es de no más de 100 mil personas (en un territorio de 26 km2 ) y en donde se generan entre 70-80 toneladas de residuos diariamente.

Hago un alto aquí y continúo con mi reflexión.

Colombia, país bio que no consume bio

Las etiquetas bio, eco, orgánico, de comercio justo, responsable o sostenible tienen un gran potencial pero corren el riesgo de ser una tendencia de poco peso en Colombia. Lentamente me voy convenciendo de algo que es evidente y que yo mismo me negaba a creer: “los productos sostenibles son de acceso exclusivo para un nicho reducido de consumidores, para aquellos que tienen dinero para comprarlos, pero no para todos”.

Necesito desconvencerme de ello y sé que como sociedad, acompañados por políticas públicas inteligentes, podemos generar estrategias para desarrollar y ampliar los mercados de los productos sostenibles en Colombia. Que ricos y pobres (económicamente hablando) puedan beneficiarse del consumo de este tipo de ofertas. Pero más importante aún, que todos los consumidores, indiferente de quiénes seamos o de dónde vengamos, logremos promover hábitos de consumo sostenible que ayuden a evitar la debacle ambiental en la que nos encontramos.

También buscamos razones para promover la implementación de estrategias empresariales colaborativas enfocadas a comunicarle al consumidor las ventajas de los productos sostenibles y a aumentar sus preferencias de consumo hacia dichos productos. Esto le conviene a todos, al medio ambiente pero también a las empresas. En la medida en que las preferencias de consumo por los productos sostenibles aumenten, las oportunidades de negocio van a ser más tangibles.

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Es por ello que sugiero lo siguiente una vez hecho el análisis de cómo países como Alemania, Holanda, Singapur y Chile están logrando acercarse al consumo y la producción sostenible:

  • Necesitamos políticas públicas más inteligentes y que no se queden en el papel para que:
    • Se genere un contexto idóneo para que las empresas inviertan más en estrategias de eco-innovación que reflejen productos y servicios sostenibles para el mercado.
    • Se controle el contrabando y la llegada de mercancías con bajos niveles de calidad producidos en países en donde la regulación ambiental es débil.
    • Se creen sinergias con políticas públicas que pareciera que no tuvieran nada que ver con la agenda ambiental pero que en realidad inciden mucho en sus resultados positivos. Ejemplo: ¿cómo hacemos que la economía naranja juegue a favor del consumo y la producción sostenible?
    • Y sí, aunque suene antipedagógico: se sancione al consumidor irresponsable para que le duela en el bolsillo y en la vergüenza (sanción económica y sanción social).
  • Necesitamos mecanismos de contabilidad ambiental a nivel nacional, sectorial y empresarial. En otras palabras, que los precios de transacción (por los cuales compran los consumidores), reflejen todas las externalidades ambientales y sociales que están intrínsecas en el proceso de producción de la empresa. Ejemplo: la contaminación, las emisiones de gases de efecto de invernadero, la recuperación de los recursos naturales desgastados como el suelo.
  • Necesitamos que las empresas, empezando por aquellas que se consideran y reportan como sostenibles, de una manera muy determinada, expongan a los consumidores las ventajas económicas, ambientales y sociales de los productos sostenibles. Esto significa en otras palabras: hacer una pedagogía comercial con los consumidores en el tema de los estilos de vida sostenibles y ayudarles a comprender que existen ahorros asociados con el consumo de estos productos a lo largo de su ciclo de vida.

Espero que estas recomendaciones enriquezcan el debate. Es hora de que las empresas, los consumidores y las políticas públicas sean más determinadas en promover el consumo y la producción sostenible. Necesitamos más co-responsables porque así no lo parezca, los impactos ambientales negativos van acumulándose rápidamente sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta.

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