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Opinión

  • | 2018/08/02 00:01

    ¿America Great Again?

    Tras el fracaso económico del populismo de izquierda en América Latina, Trump aplica el populismo de derecha con la venia de los republicanos.

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El reporte de crecimiento del segundo trimestre en Estados Unidos, con 4,1%, el mejor en 5 años, supondría que Trump devuelve a Estados Unidos a una era de grandeza y que su política pública heterodoxa da resultados. No menos fantástico es que, a pesar de los escándalos de la trama rusa y sus atrevidas actitudes, 71% de los votantes conservadores digan que están de acuerdo en su manejo de ella o que tenga una favorabilidad de 88% entre los ciudadanos que se dicen ser votantes republicanos.

Contrario a una ortodoxa visión de política económica, Trump se jugó por hacer un sustancioso recorte tributario y un incremento del gasto fiscal en una economía llegando al pleno empleo y con cotizaciones máximas históricas en la bolsa de valores.

La pregunta es si la ortodoxia ha muerto y el populismo, por ser de derecha, prevalecerá. Al menos, es claro que visto lo ocurrido en Venezuela, Brasil y Argentina el populismo de izquierda no aguanta ni soporta un examen histórico de sostenibilidad y que varias generaciones pagarán los excesos de unos años de falsa profusión y apenas abundancia transitoria.

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Con una alta probabilidad, creo no equivocarme al decir que buena parte del populismo que practica Trump no sobrevivirá tampoco al juicio de la historia. Algunos me dirán que tratándose de Estados Unidos y la moneda reserva estoy malinterpretando el margen de error y las herramientas que tiene Trump.

Mi visión de desaprobación parte de reconocer la excepcionalidad de Estados Unidos y ver que ya se empieza a requerir de la creciente intervención del presidente en todas las instituciones y todos los ámbitos público-privados estando en las épocas de vacas gordas.

Rompiendo una tradición de décadas, el presidente de los Estados Unidos públicamente regaña al presidente del banco central por subir las tasas de interés.

Parece que Trump anda en una cruzada por reinventarse la macro, de forma que con una economía sobrecalentada espera reducir el déficit comercial.

Viendo un éxito poco probable, su patriotismo económico acude a todas las formas de lucha, amedrentado a sus socios comerciales y enarbolando la consigna de un intercambio más justo.

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Su política fiscal, así las cosas, dejará este año un hueco de más de US$800.000 millones, o 4,1% del PIB (el doble de hace 3 años), con una economía creciendo fuertemente. Registrará un tremendo desahorro de US$1,3 millones de millones en 2022 o 6% del PIB. Por lo mismo, la deuda federal del gobierno llegará a 90% del PIB, lo que indica que Estados Unidos es un país no tanto con más grandeza como sí con mucha más dependencia del ahorro del resto del mundo.

Con ese inquietante panorama, el déficit comercial este año se aproxima a los valores que había en 2008, antes de la crisis financiera que estalló en Estados Unidos, y con ello terminará en 2018 cerca de 4% del PIB. Es decir, ratifica el desahorro de toda la economía americana y el creciente endeudamiento del país con el mundo.

Lo absurdo es que Trump crea que, ante semejante exuberancia, la adecuada respuesta sea mantener las tasas de interés bajas en la economía. No muy diferente pensaron Chávez, Lula y Kirchner.

Lo increíble además es que crea que, a punta de amedrentar a sus históricos aliados y a sus principales socios comerciales, puede obtener el escenario necesario para atraer el ahorro externo. Si bien China no tiene mayor munición para amenazar con una retaliación comercial a Estados Unidos, sí la tiene como uno de los principales acreedores del gobierno estadounidense.

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Pero, si además uno supusiera que fuera triunfante y lograra generar crecientes flujos externos de financiación a la economía americana, cómo esperaría Trump que el dólar se debilitara y las monedas de sus pares se fortalecieran en ese caso. ¿A punta simplemente de llamarlos manipuladores de sus monedas?

Claramente algo no cuadra y la política económica dentro de la cabeza de Trump pareciese que no tiene por qué tener una lógica macro. El asunto en cuestión es que no se trata solo de cuánto se crece, sino de cómo se crece y si quedan disponibles los mecanismos de estabilización y compensación para cuando lleguen nuevamente las épocas de vacas flacas.

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