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Opinión

  • | 2019/12/08 00:01

    Por la Puerta Grande

    Quiero irme, pero no sé cómo. Quiero irme, pero me siento con un reto enorme y no he terminado de hacer lo que quiero hacer. Quiero irme, pero creo que nadie va a poder reemplazarme y hacer las cosas como yo las haría. Quiero irme, pero me da pesar dejar al equipo solo.

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Estas son algunas de las múltiples razones que escucho cuando alguien que siente que debe partir de un lugar (vida profesional o personal) decide anteponer argumentos para no irse a tiempo. La razón básica a mi juicio es el ego que al final termina generando miedo por el temor al fracaso o a lo desconocido.

Un amigo duró años en una relación tóxica que no le convenía a ninguno de los dos. Se quejaba todo el tiempo de lo aburrido que estaba. Ella era muy posesiva, egoísta y por supuesto celosa. No tenían una muy buena vida juntos, pero tenían un hijo y todas las excusas por su falta de decisión las atribuyeron al pobre niño. Me da pesar dejar a mi hijo, darle una familia disfuncional, no soy capaz de estar sin él.

Pobre muchachito porque al final vivió su infancia en una familia más disfuncional que si estuvieran separados. No se querían, no se aceptaban, peleaban con frecuencia, pero maravillosamente estaban juntos por que su hijo les “imponía” vivir una vida de supervivencia.

Esta tóxica relación avanzó años en un proceso de aburrido estancamiento en un mundo acomodado donde al menos compartían una vida social y un proceso de cariño conjunto por el niño. Roberto con el tiempo se enamoró de otra chica, pero la tibieza de una relación mal llevada por años terminó en que mi pobre amigo fuera descubierto, juzgado, avergonzado, haciéndole daño a su niño y tomando una decisión forzada que pudo tomar muchos años antes. 

Roberto salió por la puerta trasera cuando no tuvo que hacerlo así.

Recordé también a una de mis coaches del pasado. Tatiana será su nombre ficticio para esta columna. Era una excelente ejecutiva de una compañía de servicios financieros, super buen desempeño, muchos logros, gran trabajo. Pasaron los años y llegó una nueva jefe que no la quería, la veía como competencia, así que trató de quitarle visibilidad e incluso llegó a plantear dudas sobre su desempeño pasado. Con algo de manipulación y mucha trampa Tatiana vivió un año con un ambiente injusto y de mucha presión, pero ella persistió.

Yo le pregunté varias veces por qué seguía allí. Tuvo un excelente desempeño en los años anteriores, ganó premios y fue muy exitosa y reconocida. Pero ella insistía con un orgullo cercano a la soberbia que si se iba se iría con la cabeza en alto. 

Confieso que yo no entendía muy bien, la cabeza en alto para quién. Yo preferiría tener la cabeza en su lugar y salirme de un lugar donde ya no estaba ganando sino un salario. Después de un tiempo, tanto su jefe como otros personajes de influencia buscaron cómo dañar la imagen de Tatiana, echaron por la borda todos los años de un desempeño impecable y la sacaron con su cajita por la puerta de atrás. 

Entonces la historia es tristemente replicable. El ego y las propias conversaciones personales que validan lo maravilloso que es el propio yo, hacen que el mundo en teoría confabule contra nosotros mismos. Pero la verdad irrefutable es que cada uno es dueño de sus decisiones. Roberto debió irse a tiempo y no buscar disculpas en su hijo y Tatiana debió renunciar para irse a un lugar donde fuera valorada y entender que su momento de fama en esa Empresa estaba terminando.

Toma decisiones cuando hay que tomarlas. Hoy nadie se acuerda de lo exitosa que fue Tatiana. Y la esposa de Roberto lo tiene con restricciones para ver al niño y la chica de la que se enamoró lo dejó porque no soportó sus dramas emocionales.

Escucha a tiempo los mensajes que te manda el Universo. La vida es corta, bien corta para vivir de lo que piensan los demás. Es mejor que salgas y entres siempre por la puerta grande. La puerta de tus convicciones y tu autenticidad.

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