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Opinión

  • | 2019/11/11 07:41

    Paquete chileno y el paro del 21 de noviembre

    Las últimas cuatro décadas Chile ha sido el referente ideológico y de políticas públicas de América Latina. Inició con la implementación de la doctrina de la Universidad de Chicago en la década de 1970, bajo la dictadura del criminal Pinochet.

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Los Chicago boys, orientados por Milton Friedman, usaron a Chile como conejillo de indias, con un conjunto de medidas que posteriormente se generalizaron a todo el mundo. Aplicaron la receta estándar de liberalización económica, privatización, reducción de aranceles y control de la inflación, hasta el presente. 

Durante los primeros años, tras las reformas de 1975, la economía chilena presentó recesión, hiperinflación, déficit en cuenta corriente y altas tasas de desempleo, que persistieron hasta llevar a una gran crisis económica en 1982 junto con la moratoria de la deuda. La producción cayó 16 %, la inversión se redujo 34 % y la tasa de desempleo subió a 20 %, lo cual obligó a revertir algunas medidas de apertura, subiendo los aranceles y restringiendo los movimientos de capitales, según lo muestra Fernando Mesa (DNP, 2003). La situación no fue más grave gracias al aumento de los precios internacionales del cobre y a que el único patrimonio público de importancia que se negó en privatizar la dictadura fue Codelco. Esto permitió una aparente estabilidad macroeconómica que dio paso a hablar del “milagro chileno”. 

La orientación chilena ha consistido en ajustar los instrumentos de política macroeconómica: tasa de cambio, de interés, inflación y déficit fiscal, a costa de sacrificar el bienestar de la población. Se redujo el salario real y se privatizó la atención en salud y el sistema pensional, para abrir una fuente adicional de ganancias al capital financiero. Las seis compañías privadas que administran los fondos pensionales chilenos acumulan USD 170.000 millones en activos, mientras el 79 % de los pensionados reciben menos del salario mínimo, el segundo más bajo de América Latina después de México y cuatro veces por debajo del salario promedio de Francia. Con una tasa de desempleo creciente, Chile es el país con el segundo nivel de desigualdad más alto entre los países de la Ocde, después de Colombia. 

Los gobiernos de la región se han dedicado a lanzar distractores sin modificar la política económica. Hoy, una nueva generación ya no se traga el cuento falaz de que la economía puede funcionar bien con unos pocos concentrando la riqueza, a costo de arrebatar a las mayorías el sueño de elevar su calidad de vida; ese anhelo que un subalterno de don Luis Carlos, Santiago Montenegro, definió hace pocos días como “expectativas crecientes de mejoramiento de su bienestar material”, es decir, ¡no pidan tanto!

Se acabó el milagro chileno, se comprobó que fue una estafa, un paquete chileno que convirtió a nuestro continente en el más desigual del planeta. La población lo está comprendiendo y por eso protesta. En Colombia la ciudadanía saldrá masivamente a las calles el 21 de noviembre, en contra de las medidas de reforma tributaria, laboral y pensional que nos conducen en el mismo camino.

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