Opinión

  • | 2018/08/24 00:01

    Maduro, el emperador Diocleciano y otras sandeces que destruyen economías

    Las aberraciones económicas en Venezuela no paran; pareciera que personajes como Maduro nacieron para acabar con su entorno y que cada día de sufrimiento de su gente lo impulsa a volverse más infausto.

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Su ignorancia trae una reminiscencia de la antigüedad, aquella de uno de los emperadores más estólidos y perversos de la antigua Roma. 

Las recientes decisiones de Maduro, de eliminar unos ceros del bolívar, cambiar la denominación de la moneda hacia un bolívar “soberano”, aumentar los impuestos de una economía ya desangrada, inventarse una escuálida criptomoneda por la que nadie da un peso, pagar diferenciales de precios de la gasolina, regalar subsidios e importar todo tipo de máquinas para identificar a las personas en los supermercados y así limitar sus compras, dejan boquiabierto a cualquier economista que se preocupa por su entorno. 

La ignorancia en materia económica despierta una antigua historia romana, digna de contarse.

Nos encontramos en el año 284 después de Cristo, cuando el General Diocles asume el mando del Imperio Romano y se autodenomina Gaius A.V.Diocletianus Augustus, Dominus et Deus, es decir, no solo emperador, sino Señor y Dios.

Heredó una Roma inestable, plagada por problemas que se escondían detrás de la pompa imperial, los estandartes y un llamado a la mitología, no a la realidad ni al ecumenismo.

El nuevo emperador se obsesionó con dos cosas: su rol en la economía y la aniquilación del cristianismo.

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Diocleciano recibió una economía inestable que logró empeorar con sus reformas.

Su obsesión con el gasto exagerado para crear nuevas ciudades, acuñar monedas para financiar guerras y regular la economía sin pensar que ella tiene fuerzas propias, lograron una debacle económica que brinda lecciones de macroeconomía.

Ya en la época de Julio César y unos siglos después, con Aureliano, había quedado la lección que regalar trigo, pan, aceite y sal solo generaría problemas migratorios desde las provincias, un cambio en la mentalidad hacia el costumbrismo perezoso y un golpe a los incentivos de los comerciantes que terminarían cerrando sus puertas.

Diocleciano, como otros déspotas económicos, se caracterizaba por pensar más en sí mismo que en Roma, y aún peor, creía obstinadamente que sus ideas, por ser propias de un Dios, lograrían cambiar el rumbo de la economía romana.

Ya otros emperadores dementes como Domiciano habían demostrado que de deidad poco tenían, pero aún así lo pregonaban por todas partes.

Como lo relata Peter Earle, en el año 301, Diocleciano expidió un Edicto (Edictum de Pretiis Rerum Venalium), doblando artificialmente el valor de las monedas del imperio, imponiendo límites de precios a miles de productos, salarios y fletes.

Fue inclusive más allá: agrandó el aparató estatal y empezó a cobrar impuestos nuevos, a registrar a todos los nuevos contribuyentes, sin aceptar que se pagara con el propio metálico que él había ordenado acuñar.

Las monedas se creaban masivamente para financiar sus proyectos, pero los ríos de monedas que se inyectaban en roma cada vez tenían menos oro en su composición, jalonando con fuerza el aumento de precios.

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La destrucción de una economía antigua de condiciones distintas y sufrimientos similares nos debe ayudar en la comprensión de la política económica y la economía política moderna.

Lo que está sucediendo en Venezuela es un reflejo agudo y expandido de similares errores que cometieron otros dictadores en el pasado.

Los controles de precios que inició Hugo Chavez, causante mismo de la debacle económica de Venezuela, son una muestra fiel de la nefasta política de precios de emperadores, dictadores o gobernantes megalómanos.

Cientos de años después, Carlomagno, un violento emperador de la Edad Media, siguió con la egolatría económica y las matanzas masivas.

Miles de años después, se sigue repitiendo la lección de la historia: la mentira, el mito y la egolatría pueden romper todo tipo de lógica, burlarse del ser humano, robarle su dignidad y terminar en violencia masiva, desplazamiento forzado y en el triunfo del despotismo.

Lo que vive Venezuela es una injusta lección de permitir que aquellos que no saben de economía, la reemplacen por discursos vacíos, estandartes modernos en la forma de ridículos nombres de ministerios del poder popular y se atrincheren detrás de un aparato policial ilegítimo.

Y así, Maduro multiplica el salario mínimo por 30, sube los impuestos y se ensaña con personas que quieren cambiar las cosas.

Diocleciano se ensañó contra el cristianismo por pensar distinto y se dedicó a inventarse reglas del nuevo funcionar de la economía. Un tiempo después, el vigor del magno imperio romano colapsó en su propio desorden. ¿Qué le esperará a Venezuela?

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