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Opinión

  • | 2019/10/13 00:01

    El petardo organizacional

    Llegó con los ojos brillantes de rabia. No me lo aguanto más, me dijo, por favor ayúdame ya no sé cómo manejarlo.

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Cristina era una mujer super prudente, muy inteligente y analítica. Un poco mala delegando por que prefería hacer las cosas ella misma para evitar conflictos, siempre se había caracterizado por ser una buena niña, bien portada, juiciosa, trabajadora. Le pregunté con toda la calma que pude qué le pasaba. 

Me respondió con dolor. Parecía que no era la primera vez que le ocurría. Yo sabía que Andrés era difícil, pero nadie se había quejado abiertamente de su comportamiento. Claro, en realidad no había cómo probar que era un pesado con sus comentarios de mal gusto sobre los demás, y lo peor era muy protegido por las altas directivas que solo veían sus grandes dotes de presentador.

Lo que nadie sabía abiertamente sobre Andrés era que le gustaba robar las ideas de otros y tratar de manera peyorativa a las mujeres y a aquellos que no tenían la suerte de haber tenido el dinero para estudiar en universidades rimbombantes.

Decidí escucharla con calma y sin muchos prejuicios por que Andrés ya estaba empezando a preocuparme. Veía cómo se comportaba con los cargos más altos y veía cómo no tenía problema en culpar a los demás sin ningún pudor para salir de aprietos. 

Esta vez Cristina había trabajado duro por semanas en un proyecto nuevo para el lanzamiento de un nuevo servicio. El tema había quedado delegado a un pequeño equipo que debía presentar a la junta ese mismo del que hablo. Andrés y Cristina debían presentar juntos.

La asistente del director decidió llamar a Andrés por que le caía mejor que Cristina. Ella era algo “rara” y callada, mientras que él estaba siempre pendiente de saludarla y darle uno que otro detallito. Andrés sin problema alguno vio cómo Cristina no estaba y entró a esta junta a representar a su equipo de proyecto, ya que adelantaron la hora.

Básicamente le robó sin vergüenza alguna su trabajo de semanas. Presentó solo y no le dio créditos a Cristina. Cuando salió de la reunión le dijo que le agradeciera por haberla cubierto porque no la habían encontrado en su escritorio. Con su tono arrogante y medio sonso le afirmó “la sacamos del estadio Cristinita, todos quedaron contentos con el trabajo que hicimos. Ahora hay que hacer unos ajustes, me los entregas la semana entrante yo los reviso, espero que no vaya a verse con su novio para que no me la desenfoque”. Cristina apretó el puño, ya no se aguantaba más a este tipo que además de arrogante y tarado era amado por los niveles altos de la organización.

Le dije a Cristina que tomara aire. Que se fuera temprano y que le prometía que iba a ver qué pasaba y que me encargaría de contarle a la junta quién había hecho realmente el trabajo.

Decidí investigar un poco más sobre Andrés. Ellos no me reportaban ya porque estaba en otra Unidad de Negocio, pero quería saber ahora cómo era su dinámica. Debía tratar de darle el beneficio de la duda a Andrés también.

Averiguando un par de cosas me di cuenta de que Cristina había sido demasiado tolerante. No le puso límites e incluso aunque la maltrataba no hizo nada. Andrés era flojo, bien flojo. Sin embargo, le daba gusto en todo a la señora de Recursos Humanos que en medio de su vieja escuela se creía la historia de que él era bueno y auténtico.

En estas luchas de egos internas era fácil decirles a todos los que querían oír. Y Andrés lo hacía muy bien. Lo que nunca hizo fue ser bueno o ganarse el afecto y el respeto de sus colegas y subordinados que lo aguantaban por obligación. Andrés era un verdadero petardo. Uno de esos que solo con los años de la experiencia leemos antes de que actúen.

Me encargué de que todos supieran lo buena que era Cristina. La ayudé con una reunión con los directores y empecé a ser su madrina. Le conté a la señora de Talento y al director general de las falencias de Andrés. Les dije que era un petardo. Adivinen a quién promocionaron el mes siguiente…

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